“Sí, lo confieso, tenía miedo. No quería dejarlo ir. Estaba aferrada, anclada a ese novio al que sabía que ya no amaba como antes.

No quería soltar los bellos momentos, aunque estos parecieran una gota de agua comparados con el mar de malos ratos.

 

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Tampoco quería aceptar que los pocos planes que teníamos ya no se iban a realizar.

Dudaba todo el tiempo. No sabía si valía la pena seguir luchando, pero no tenía la fuerza de renunciar a estar en esa relación.

La idea de ya nunca más poder amar a alguien me atormentaba. O de quedarme sufriendo por siempre.

Estaba siempre en dos extremos. No podía diferenciar qué dolía más: permanecer con él, o quedarme sola.

Puse tanto en esa relación, que dejarla se sentía como un gran fracaso. No fue fácil dejarlo ir.

Sí, lo confieso, tenía miedo de estar sola. Hasta que llegó el punto en el que el miedo a estar por siempre triste era mayor.

 

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Hasta que logré aceptar que juntos no íbamos a ninguna parte. Que estaba siendo aprensiva. Que estar sola no dolía tanto como continuar forzándolo todo.

Dolió mucho, pero lo logré. El tiempo pasó más lento que nunca, pero todos los días sanaba cada herida.

La esperanza se iba, pero me di cuenta de que no estaba tan sola como pensaba.

Mis amigos y mi familia siempre estuvieron ahí, pero estaba tan enfocada en nosotros, que no lograba ver todo lo que tenía alrededor.

 

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Y ahora estar sola no me da miedo. Me da miedo dejar de ser yo. Me da miedo perder más tiempo o dejar de hacer las cosas que quiero y que puedo llegar a hacer y ser.

Sí. Lo confieso. Yo tenía miedo de estar sola, pero ya no.”

Fuente: ActitudFem